martes, marzo 27, 2012

El día del adios

Como han pasado estas dos semanas, ha sido de vértigo. Mañana a las 6 a.m. me recoge el taxi para dirigirme ya al aeropuerto, camino de vuelta a España. Cuantas sensaciones, cuantas experiencias, cuanta gente grande, de todas las edades y geografías. Y es que no es solo los enfermos que te acaban enganchando, no es solo las hermanas que no dejan de sorprenderte, es también y mucho toda esa gente que te acompaña en el día a día, con la que codo con codo compartes tantas situaciones, y que acaba siendo una pequeña-gran familia.

Esta mañana, después de misa, y al final del desayuno, como siempre, han despedido cantando a los que se van, y ahí estaba yo. Cristina y Teresa  no se han atrevido a salir... ha sido emotivo. Muchos se me han acercado después, por que van a otros centros y ya no les volveré a ver. Algunos me dicen que si hacemos una cena de despedida, que si nos tomamos algo en el Spanish, que si una última Kingfisher esta noche... Sister Mercy la encargada de voluntarios ha estado muy cariñosa conmigo. Un japonés con el que ni me he cruzado palabra me busca para sacarse una foto conmigo y me agradece mucho todo ¿¿??.

Tengo una sensación extraña, por un lado me apetece volver, por otro me da pena irme. Pero creo que 15 días han estado muy bien, y me esperan muchas cosas y personas ahora de vuelta a casa, los primeros, mis hijos. Mañana además haré una larga escala en Dubai que aprovechare para visitar la ciudad y bañarme en el mar si puedo. Que contraste, pasar de este mundo en el que he estado a la ostentación de Dubai, dos extremos de un mundo tantas veces mal repartido. Unas horas pues para dejar atrás ya esta ciudad maravillosa y miserable a un tiempo.

La mañana la he dedicado como todos los días a Pren Dam, para despedirme de tantos. Mi abuelito de la habitación de los perdidos, al que cogía de la mano y trataba de refrescar en su agónico respirar, ha fallecido. No se si lo siento o me alegro por que esté ya disfrutando en el cielo, por que el infierno ya lo ha vivido en este mundo y ya sólo le quedaba sufrir un poco mas. Con todo, ver su cama vacía, que en minutos es ocupada por otro enfermo en mal estado, me entristece algo. Pero así son las cosas aquí. Y hay que moverse sin parar con el resto de "patients".

El día ha sido intenso en Pren Dam, por que mas allá del abuelo que se ha ido, debía pasar el testigo de mis enfermos a otro para que continúe con los ejercicios y tareas que con cada uno realizaba. De otra manera, todo el avance que pudiera haber conseguido con alguno de los enfermos, se perderá. Y ese otro lo he encontrado en un estadounidense, que se llama Shawn o algo así, 24 anos, muy buen chaval, que me ha acompañado en mi quehacer diario, para ver que es lo que el tiene que hacer a partir de mañana. Le pido que el a su vez entregue el testigo a otro voluntario cuando vaya a abandonar Pren Dam.

Trato de explicarles a mis "patients", al bueno de Babu, al gamberrete de Ambala, único niño en el centro, a Kalipodu mi "protegido" como decían, y con el que tanto he charlado, o a Raju, ese alma feliz en su desgracia que todo lo convierte en sonrisas y música caótica con su armónica, a todos he tratado de explicarles que me iba, que ya no me verían, pero sinceramente, no se si me entendían. Me sonreían, me cogían las manos, las besaban, se las llevaban a la frente, asentían con la cabeza y se reían... que mas da, sólo espero que reciban mucho cariño en el futuro, que se sientan queridos por lo que son, que nunca les falten las hermanas, sus hermanas... a mi ya me han dado mucho, muchísimo, sin pedirme nada.

Aunque hoy no me tocaba, he cruzado dos o tres veces a Kalighat, que esta temporalmente a unos metros de Pren Dam, no podía evitarlo. Solo quería ver a mis enfermos una ultima vez, los mas desahuciados, y que ayer deje al final de la tarde, ya que esta tarde de hoy, la tomo para mi, para preparar la salida. Pasé de nuevo por sus camas, les daba la mano, o una palmada a los aun fuertes, o les frotaba la cabeza o les llevaba “pani”, agua, por última vez. No esperaba nada de estos pobres, era yo el que necesitaba tocarlos para dejarles mi adiós, pero sobre todo para llevarme su recuerdo para siempre conmigo.

Me cruzo con sister Florentín en Kalighat, la encantadora hermana negrita sudafricana, "¡¡I thought you were gone!!", le digo que no, que me voy mañana de madrugada. Hablamos un rato de todo, del centro, de mi experiencia, de mi familia, de mi vida, del trabajo... Coge una caja de antibiótico y la rompe, y me pide que le deje escrito en la parte interior mi nombre y el de mis hijos de los que ya le he hablado en otra de nuestras tardes. Me promete rezar todos los días por mí y los míos... algo me emociono con esta sister tan buena y risueña; quería sacarme una foto con ella, pero me dice que lo tiene prohibido. Nos despedimos con un abrazo muy sentido.


Ya de vuelta a Pren Dam, aprovecho que estoy haciendo un coaching a Shawn con mis pacientes, para pedirle a éste que me saque algunas fotos con ellos. Veré si en su momento puedo subir alguna al blog, pero serán sin duda un gran recuerdo para mí.

En la hora del descanso del te, aprovechamos y sacamos algunas fotos más, con Helmut, con Bernardo, con el canadiense que no recuerdo el nombre, con los que tantas charlas he tenido, y compañeros especiales de la habitación de los perdidos... 

Con Bernardo - último te con galletas
Me tomo mis últimos tes con galletas, y tengo la sensación de ir cerrando capítulos. La última comida que doy a los mas inútiles, el último gran lavado, acostarlos, últimas visitas al baño, despedida... última vista de Pren Dam; me doy la vuelta ya en el mismo portón de salida, para dar un último vistazo al gran patio, cierro un segundo los ojos y mentalmente me despido de todo, y como si de una cámara de fotos se tratara, creo grabar las imágenes en mi cabeza. Último paseo cruzando el inmundo Slum, última montaña rusa en el auto-rickshaw, vuelta a Sudder St., última comida en el Spanish cafe, última charla con muchos voluntarios, última cerveza con Antonio que se acerca a Farlow para tomarse una última Kingfisher conmigo, y último post en este blog.

Me invaden sentimientos contrapuestos. Nunca he visto tan claramente como hasta ahora y tan cerca a la vez, la grandeza y miseria del ser humano. Sin duda alguna me siento especialmente agradecido por todo lo que aquí he recibido, por que como alguien dijo, aquí no vienen los valientes y decididos sino los necesitados.

Y como empecé en su día, acabo hoy, esperando haber podido trasladar a este blog siquiera un leve reflejo de lo que el Señor me ha regalado en este viaje, que sin duda ha sido mucho más de lo que yo le he dado.

domingo, marzo 25, 2012

Cuando ruge la marabunta

Hoy es domingo, y empezar el día con la misa en Casa Madre es doblemente agradecido. Sin embargo, en cuanto a trabajo se refiere, el domingo es como un día cualquiera, ya que el día que se "libra" es el jueves, así que hoy debería ir como todos los días a Pren Dam por la mañana y a Kalighat por la tarde.

La misa esta a rebosar, y en el desayuno de los voluntarios parece haber mas gente que otros días. Probablemente muchos de los que van habitualmente desde sus hoteles a los centros de las misioneras sin pasar por Casa Madre, hoy han decidido acudir a misa por ser domingo.

Ayer sister Mercy, que es la hermana que coordina a los voluntarios, una mujer estadounidense, decidida y enérgica, ex-marine me dicen, hija de mexicanos y que habla perfectamente español, ayer decía, ofreció a los voluntarios la oportunidad de visitar Nabo Jibon, que es la casa de los hermanos en el otro lado del río, y que excepcionalmente los domingos abre para todos los chicos del barrio donde se encuentra, de tal forma que se necesita ayuda extra este día. 

Las plazas son limitadas, sólo 10, y había que apuntarse en una lista, pues puede que se acabe sorteando si hay "overbooking". Yo lo hice, y por eso hoy según llego al desayuno, lo primero que hago es mirar la lista por si he salido elegido y... si, ahí estoy, bien!!. Hoy pues, no iré por Pren Dam como todos los días, y tendremos otra nueva experiencia.

Al final somos en total 12; Once nuevos más un habitual, hombre, ya que Nabo Jibon solo acepta hombres, salvo los domingos. Somos pues, tres hombres -Chris un estadounidense de media altura algo tocho que es el que va habitualmente a Nabo Jibon como yo voy a Pren Dam, un japonés alto y desgarbado, y yo- y nueve mujeres, otra estadounidense, novia de Chris, una francesa, otra malaya y 6 japonesas y/o coreanas, no termino de distinguirlas... 

 
Chris pues nos hace de guía. Tomamos a la salida de Casa Madre un tranvía, 6 rupis por cabeza, destartalado, sin cristales en las ventanas, bastante lleno, pero cumple su función. Nos dirigimos hacia el norte y cruzamos el Old Bridge al lado oeste de la ciudad, puente que ya varias veces he cruzado con Antonio, y en cuyo extremo y a lo largo del río se extiende la inmensa estación de tren de Howra (antes Victoria station), que toma su nombre del barrio en el que habita y que recibe los trenes de toda la India. A las puertas de Howra Station hacemos un transbordo a otro autobús (5 rupis), pintado de mil colores, y empezamos a callejear por el gigantesco y pobre barrio musulmán de Howra, que no se distingue de otros que ya conozco, febril, caótico...

Ya debemos llevar 50 minutos desde que salimos de Casa Madre. Nos bajamos del bus, y comenzamos a caminar por callejuelas atestadas de gente, puestos, coches, comercios, animales, lo de siempre. No aburre contemplarlo, no cansa, todo parece nuevo aunque lo hayas visto ya 100 veces repetido.
 
Voy caminando por las calles. Muchas veces éstas se especializan por oficio. Así ves calles llenas de talleres, otras de cestería, o de cualquier cosa que te puedas imaginar, neumáticos, piezas metálicas, alambres, plásticos varios, cubos... Paso por una calle con las aceras repletas de puestos de verduras y frutas, con muy buena pinta (el género, no los puestos en si), el colorido y la viveza de la calle te atrapa.

Tengo sed, el sol pega ya con justicia, llevamos 15 minutos andando. Me detengo en mi caminar frente a un puestecillo, y compro un coco que me preparan hábilmente con su machete para poder beberlo. Son 15 rupis, y le entrego una moneda de 20, pero el chico no encuentra cambio; le digo que no se preocupe, que se quede con el cambio (5 rupis sólo, unos 7 centimos) y me voy a buen paso para alcanzar al resto del grupo. Cual es mi sorpresa cuando pasado más de un minuto y ya lejos del puesto, me alcanza el chaval corriendo y sudoroso "Sir! Sir!... your change!!", y me da las 5 rupis de vuelta. Me quedo sorprendido de su honradez, y aunque insisto en que se los quede, se da la vuelta y con un gesto se despide sonriente perdiéndose entre el gentío.

Por fin llegamos a Nabo Jibon, donde como en el resto de centros de las Misioneras de la Caridad, un gran muro recorre la finca, y un gran portalón metálico franquea la entrada. Tras pasar la puerta, otro oasis como siempre; nada recuerda al exterior en el que nos hemos movido desde hace una hora. Cruzamos un gran patio y entramos en el edificio donde nos ofrecen refrescarnos y cambiarnos si queremos.

No hay sisters aquí, este es un centro de hombres, regentado por Hermanos (brothers) de la Caridad. Estos no llevan ningún atuendo distintivo, al contrario de las sisters con su sari blanco inmaculado apenas con 2 franjas azules. El único elemento que les distingue es una cruz cosida en la "pechera". Para mi dejan algo que desear, ya que van en camiseta, parecen otro Calcutano mas, y desmerece, resta respetabilidad, autenticidad frente a las hermanas. Ese "no sólo hay que serlo, hay que parecerlo" creo que para los "hombres de Dios" por llamarlos de alguna manera, suma más que resta. Es mi opinión, pero así son.

Los adultos que están alojados, son en su inmensa mayoría dementes y paralíticos. Apenas les saludamos, hoy no vamos a compartir el día con ellos... si no con los niños de fuera, del barrio, que van a entrar en el centro en unos minutos. Le pregunto a Chris de que va esto, que debemos hacer o que esperan de nosotros, y me dice encogiéndose de hombros que no tiene ni idea, que el viene habitualmente a cuidar de los adultos y es su primer domingo, así que bajamos las escaleras y buscamos información en los hermanos. Estos, la verdad, parece que pasan bastante, simplemente que nos ocupemos de los chicos, así que hasta que abran el portón, nos sentamos al fondo del patio a buen recaudo del sol que parece aumentar su castigo a medida que pasan los minutos.

El barrio es muy pobre, y el poder dejar a tus hijos un día cada semana y por una larga mañana, al cuidado de los hermanos, donde te los alimentan y juegan, es un lujo.

Escuchamos ya la algarabía que hay fuera en la calle, golpeando el
portón, pero parece que hasta las 09:00 no se abre. Poco conscientes éramos en aquel momento de que estábamos viviendo los últimos minutos de la tranquilidad del ojo del huracán en el que habíamos entrado...

A las nueve en punto se abría el portón y como si de una presa que revienta se tratara, un estruendo de niños asoma y comienza a acercarse a toda velocidad. Niños y niñas, de entre 4 y 8 o 9 años, unos 90 o 100. Chris y yo estamos de pie, al fondo, sin saber muy bien que hacer, el chillerío es enorme, y el tsunami parece que nos va a alcanzar sin remisión. No nos movemos, en un momento dado aguanto la respiración para recibir la embestida más entero, y simplemente nos toman al asalto; yo recibo un primer encontronazo de 3 niños, uno trata de subirse a mi espalda, otro tira de mi brazo, el tercero de mi pernera, en nada se les unen 3 o 4 más.

Creo perder el equilibrio, me balanceo, y trato de llegar al murete y sentarme, por que si no me tiran literalmente al suelo; gran error el mío, ya que efectivamente consigo sentarme, si, pero ello facilita que alcancen mis hombros ya sin dificultad de altura y se me suban encima, donde saltan uno sobre otro. En un minuto estoy absolutamente cubierto de bestias que me hablan sin entenderles; me gritan, se gritan, tiran de mi ropa en todas direcciones, gracias a Dios no tengo mucho pelo pienso en un instante... Asomo la cabeza y veo a Chris en situación similar; del japonés no tengo noticias, y el resto de las chicas tratan de arreglárselas como pueden. Veo a una japonesa que ha pegado su espalda a un árbol y trata de controlar a las niñas, así solo tiene un frente que defender. Otras se han juntado para, estando en mayor numero, tratar de imponerse a las fieras.

Al cabo de unos minutos estoy completamente empapado de sudor, voy controlando la situación a base de soltar vociferios y de hacer aspavientos para librarme del tropel. He ordenado el tumulto y consigo hacer una fila para subir y voltear a los chicos uno a uno, que es lo que quieren, que les lance, les suba, les lleve... la fila es interminable y el que ha sido ya zarandeado, quiere repetir, y no vuelve al comienzo de la cola, generándose una trifulca continua en la cabecera de la misma. Esto no termina bien así, me digo.

En un momento dado en el que se están peleando por ver quien se sube a mi chepa, literalmente me escapo de ellos como alma que lleva el diablo, y en tres zancadas alcanzo el edificio, y siento que he entrado en el Fuerte ya a salvo de los indios (me vale en los 2 sentidos). Los hermanos gracias a Dios no dejan acceder a los chicos al edificio. Chris sigue mi ejemplo. Hablamos ya a resguardo del sol y de las "fuerzas vivas", y decidimos buscar a un hermano, para ver si tiene un balón de futbol y organizar un partido donde se distraigan un poco de nosotros y se desfogue la marabunta. Lo encontramos, pero los hermanos no nos dejan que lo usemos, desconfían de la turba, así que no hay balón, no vale la idea.

Busco al japonés que ha desaparecido, para que se involucre y reduzca en algo nuestra tensión. Lo encuentro en la parte trasera del edificio, sentado con un local, pasando de todo. Me acerco y le digo que venga, hace ademán de levantarse, pero a los 3 pasos veo que se sienta de nuevo, paso de él. Subo al piso de arriba, a la habitación de los voluntarios, bebo agua profusamente y me refresco la cara. Hay un ventilador y decido sentarme frente a él varios minutos, hasta que me baja el sofoco. Al rato, me asomo a la terraza y veo a todos los niños, que corren patio arriba patio abajo "como vaca sin cencerro". Varios al verme me hacen señas para que baje, y con una sonrisa les hago un gesto de “calma que ahora voy” aunque era otro el que se me pasaba por la cabeza, paso, me voy a dar un respiro.

Chris aparece por la terraza y en ese momento me doy cuenta que tiene la camiseta destrozada por la espalda, de lado a lado, ¡¡que pinta!!, ni que saliésemos de un tumulto, aunque sí, puede que eso fuera. Bajamos al patio ya que nos toca repartir agua. Las chicas con increíble habilidad han organizado ya las filas, y con cierto orden se consigue en un rato saciar a todo el gallinero.

Parece que la situación se va calmando, y hay varios juegos en marcha por el patio. En un momento dado, veo que un grupo de niños esta machacando a un pobre paralítico que esta en su silla de ruedas a la sombra de un árbol. ¿Pero que hace ahí ese desgraciado? Todos los internos fueron oportunamente retirados, a tiempo antes del asalto del portón principal... es el único interno fuera del edificio, se les debe haber olvidado. Gesticula como puede desesperadamente y emite ruidos extraños para defenderse, mientras los niños ríen a su alrededor y le golpean sin piedad alguna. Voy decidido a poner orden pero me adelanta un hermano o un cuidador, no distingo, y quitándose el cinturón la emprende de forma decidida a latigazos con los niños que en unos segundos se dispersan rápidamente. Me sorprende la contundencia del hermano, pero así deben solventar las cosas, y yo no he venido aquí a cambiar costumbres.

No pasan más que unos minutos cuando aparecen en el patio varios hermanos cargando con 2 enormes peroles con la comida del día. Ayudamos a traer un tercero, así como platos y vasos. Una vez que el avituallamiento está en su sitio y listo, organizamos a todos los chicos, que sorprendentemente con cierta facilidad, forman 2 filas de unos 50 niños cada una, sentandose en el suelo. Es entonces cuando con todos los chicos sentados y ordenados, se reza una oración en indi, que supongo es cristiana o neutra, tras la cual empezamos a repartir el rancho, algo parecido a pollo al curry, arroz y verduras. Vamos pasándoles el plato ya servido, alguno te pide más de esto o de aquello, pero hasta haber servido a los 100, no se puede repetir. Comen con fruición, se ve que ganas no les falta. Se reparte un plátano de postre y se deja repetir a los que así lo piden que son muchos. La intendencia de la comida es cansina, por que no paras de repartir, de subir y bajar, de llevar agua, de recoger platos, de controlar al que se desmanda o lanza la comida. Media hora, no más, pero como todo con estos chicos, intenso.

Parece que la comida les ha tranquilizado algo, ya que tras la misma, se van levantando y no tienen el ínpetu que antes demostraban. En ese momento, decido darme un descanso, y me encamino hacia el porche para sentarme a la sombra un rato. Sin embargo no llego a alcanzarlo por que un hermano me detiene y me pregunta "how many men you are?", "tres" le respondo, "pues trae a los otros dos de inmediato, os espero en aquella cancela al fondo del patio". No se muy bien de que se trata, pero ni me pregunto, simplemente me pongo a ello. Encuentro a Cris y le indico que se vaya al sitio indicado por el hermano, y así veo que lo hace. Voy en busca y captura del Japo, al que apenas he visto en todo el día. Me lo encuentro de nuevo en el patio trasero al socaire de todo trabajo. Hala chaval,  esta vez te vienes, y me lo traigo sin muchas ganas.

Salgo con él al patio y me dirijo ya hacia el fondo donde veo al hermano y a Chris esperándonos. Me giro un momento para asegurarme que me sigue el japo, pero cual es mi sopresa cuando veo que ha tomado la dirección contraria a la nuestra. Vuelvo sobre mis pies y le alcanzo, le agarro del brazo y en un perfecto castellano le suelto un par de frases que no conoce pero entiende sin dudarlo. Ahora voy detrás de mi sobrero al que hago entrar por la cancela ya sin dificultad, ¡que arte!.
Le preguntamos entonce  >>LOST<<

viernes, marzo 23, 2012

Una sonrisa como moneda de cambio - Kalighat

Salgo de Sudder St. a las 14:30, media hora para llegar a Kalighat, que hoy es simplemente un barracón en el mismo Pren Dam, ya que el autentico Kaligaht se encuentra en obras  y hasta noviembre no estará listo.

Bajo Sudder St., giro a la derecha en los bomberos, y tras avanzar un par de calles, me paro en un cruce concurrido para tratar de tomar un auto-rickshaw, un simple motocarro, en el que suben a veces hasta 7 personas. Hay que verlo para creerlo. Van circulando como locos, haciendo todo tipo de cabriolas por la calle, sin orden ni concierto, en cualquier dirección. Suben y bajan a gente durante todo el trayecto, de forma indiscriminada, así que simplemente tu destino debe estar de camino del mas lejano. Se acercan con sus peculiares incansables bocinazos, les gritas el destino y si les encaja, paran para que te subas casi en marcha. Muy barato, también peligroso, y fascinante a su vez, ¿y que no lo es en esta ciudad?

Tras 15 o 20 minutos me deja en "4 bridge", donde tras cruzar un Slum (barrio de chabolas) espectacular, cubro a pie el ultimo medio km que me separa de la puerta de PrenDam y Kalighat. La rutina es similar a la de Pren Dam, si bien el entorno es muy distinto, y el numero de voluntarios también. Si por la mañana somos unos 20 en Pren Dam, hoy solo éramos 5 en Kalighat.

Se supone que Kalighat es el centro para los moribundos, para los desahuciados, y si, desahuciados todos, moribundos gracias a Dios, no tantos, aunque varios al primer vitazo. Van vestidos de forma distinta a los de Pren Dam, ya que en Kalighat llevan un mismo uniforme, supongo para identificarlos cuando alguno inesperadamente se escapa y se mezcla con los de Pren Dam.

Viven prácticamente entre 2 grandes habitaciones de unas 20 camas cada una, en 2 hileras, y un porche fuera de las mismas. La mayor parte del tiempo están tumbados, y no voy a entrar a describirlos mas allá de lo que hice con los de Pren Dam, pero estos simplemente los ves ya irrecuperables, idos, perdidos, incapaces. De vez en cuando te cruzas la mirada con alguno que aun mantiene parte de la sesera en su sitio, y te das cuenta de lo aislado y asustado que esta en esa locura.

Al ser muchos menos, nos toca hacer de todo, trabajar de lo lindo. Alguien me había dicho que esto iba de coger la mano al enfermo y acompañarle...  que seria mucho mas tranquilo y llevadero que Pren Dam, pero desde luego mi aterrizaje el primer día fue muy otro... Era un día que, por no se que razón, no habían venido los workers, que muchas veces se ocupan de las situaciones mas fuerte. Así que una de las sisters, nos coge a Donald (irlandés de unos 35 anos), y a mi, y nos pide que nos ocupemos de; cuarto de lavado.

Al entrar me encuentro una montaña enorme de ropa literalmente cubierta de m... de todos los colores y texturas, temperaturas... no sigo. El olor casi me tumba. Asi que vuelvo decidido sobre mis pasos "¡sister! ¡¡sisteeeer!! ¿Donde narices hay una manguera? -no manguera young man, here is a brush (cepillo de mano)" y desaparece... wwwhhhaaaatttt??? Nos miramos Donald y yo... ufff, me pongo un delantal tratando de pensar que paso siguiente voy a dar, y es que me siento como el ahorcado al que le toca subir los peldaños para su ajusticiamiento final; no way out... Aquí si que me calzo unos guantes que veo colgados, anda si son rosas!, mira que monos... me acuerdo de Santi y Pablete, ellos saben bien por que, y me sonrío.

Pensamos Donald y yo en como afrontar el reto, y se me ocurre coger cubos y lanzarlos desde lo mas alto que podamos para que con el golpe, el agua con su fuerza vaya separando el polvo de la paja, por decirlo de alguna manera. Por cierto, solo hay agua fría. Así lo hacemos, cubazo para aquí, cubazo para allá, ¡¡cuidado que me salpica!!, ¡¡no lo lances en mi dreccion!!! joderrr que me ha saltado a la cara no se que... ¡¡malditos guantes pero si están rotos!!! Se me ha metido todo por dentro...aarrgghh... Así no voy a ningún lado. Decido poner la mente en estado de muerte clínica, encefalograma plano, ya nada me afecta, nada siento ni padezco... levito, no toco el suelo... he alcanzado el karma por autosugestión inducida por la mierda, o tal vez ¿me he vuelto místico?... hoy de vuelta a casa, me comprare un litro de lejía y me la beberé para limpiarme por dentro.

Llevamos 45 minutos, sudo lo que no esta en los escritos, me caen los goterones como un chorro, no puedo beber este agua, me destrozaría el estómago, y mi botella esta muy lejos... les vamos tirando la ropa ya "saneada" a 2 japonesas que tan monas están sentadas frente a sendos bargueños, uno con jabón y otro con agua clara para eso, para aclarar. No se por que, pero me apetece meterles la cabeza en los mismos hasta que dejen de moverse, pero me digo, "no brother, no has venido para eso...", y tras soltar una carcajada que Donald ni entiende ni le explico, vuelvo a mi levitación mística. Las japs hacen su labor en animada charla. Donald y yo no hablamos, ni cantamos, ni silbamos, solo nos miramos, y con la mirada nos damos instrucciones el uno al otro según la situación, la sorpresa que nos encontramos al levantar otra prenda y descubrir debajo... ¡¡¡mas maderaaa!!!; la complicidad en estos casos es total, queremos hacerlo bien y rápido para salir de aquí, así que en equipo. Esto es como la mili (que por cierto nunca he hecho), pero tras este feliz evento, hay una hermandad entre los dos más que evidente en los desayunos mañaneros en Casa Madre.

Terminada la faena, y nunca mejor dicho, me voy como alma que lleva el diablo a buscar el jabón más potente que tengan las hermanas. Me dan uno que huele a hospital, debe ser bueno. Froto manos, brazos, me quito el polo y meto la cabeza también  bajo del grifo. Mis zapatillas son de susto y el pantalón está calado y manchado no-se-de-que casi hasta la cintura. Me tiraría a una piscina ahora mismo, pagaría 10.000 rupias... Tras unos minutos debajo de un ventilador de techo, y atacar con fruición la botella de agua que muere sin remisión, decido seguir adelante. Toca dar de comer, limpiar después platos, acostar... todo me parece ya banal.

Gracias a Dios, el numero de la colada dura no se ha vuelto a repetir ningún otro día; tal vez sea bueno que haya caído el primer día, me ha blindado para el resto. La colada ligera, se la he dejado a otros voluntarios hasta ayer, que apareció una inglesa de bandera con nombre de margarina caducada (Natacha) y la compañía en el lavado fue muy agradecida.

La tarde en Kalighat son apenas 2 horas frente a las 4:30 de la mañana en Pren Dam, así que pasan rápido. Reparto de medicinas, que parece una lotería. Las monjitas me pasan píldoras de todos los colores y tamaños, cada una con un papelito que dice su destinatario "Rami, numero 35", y con un gesto de la mano, me despiden para que me ocupe... ¿quien diablos es Rami? "¡Rami! ¡¡Ramiiii!!" ni Dios contesta... mmmm numero 35... busco los números en la pared frente a cada cama y la 35 esta vacía... donde estará este tío... doy vueltas pregunto y pregunto, hasta que por fin uno salta "brother brother" y me señala a un pobre guiñapo doblado en el suelo. Pero ¡por Dios! si he pasado 10 veces por aquí vociferando el nombre del susodicho!. En fin, el bueno de Rami se toma las medicinas, mas por beberse el vaso de agua que le ofrezco para después, que por convencimiento.

La sorpresa me llega cuando la hermana del botiquín, una rotunda negra de Sudáfrica llamada Florentín que es todo sonrisa y buen humor, me da otras medicinas con su papelito de destinatario que leo y dice "unknown"... ¿?¿? pero ¿¿¿como busco yo a un desconocido??? La negrita se parte de risa, y me dice que vaya por ahí que lo encontrare. Pienso que si ya me costó encontrar a Rami, esta es una búsqueda que no tiene nombre… Así que voy preguntando a los enfermos "¿do you know who is unknown?" y a la segunda que lo digo me entra la risa floja solo de la pregunta, de verme frente a unos tíos que no tienen ni pajolera de ingles, y yo buscando al eslabón perdido... Pues si, lo encontré, por que todos tienen nombre, se llaman unos a otros, pero hay uno que cuando pregunto su nombre a algunos de los que todavía se enteran de algo, ninguno sabe como se llama, levantan los hombros o giran la cabeza de forma extraña, así que a ése le hice comerse las pastillas del unknown, asumiendo que lo era, y volví al botiquín tan pichis, diciéndole a la hermana Florentín "Whos next?" sin mas explicación... ni me la pidió.

Alguna lucha hay con algún enfermo para obligarle a que se tome las medicinas, o con algún otro para que coma. Las sisters me dicen que insista, que sea duro, "no dejes que te venzan" me dicen, pero claro, ¿hasta donde puedo llegar para que no me venzan? ¿Se permite la violencia física? Por que es que a alguno le había maniatado las manos, una a la espalda con mi mano izquierda, con la rodilla derecha le inmovilizo la otra, por que se revuelve el tío... y agarrándole de la cabeza, mal, trato (con cariño eh) de abrirle la boca. Algo me dice que me estoy pasando. Pero cual es mi sorpresa al ver que tras no conseguirlo con uno (que con otros si), viene una hermana y un worker, se le echan encima y lo reducen del todo, si si, con mucho cariño y esas cosas, pero reducido por la fuerza, hasta que el pobre se da por vencido y se toma las pastillas. Así cualquiera.

Otro hermano que lleva a un fantasma de la mano en cueros... Jesús que espectáculo, no lo describo... "brother brother, take him to the bathroom", yes yes, voy. Los baños son de susto, un agujero entre 3 paredes, y nada mas. No se si tengo que sostenerle, limpiarle, yo que se... gracias a Dios, el hombre tiene aun su dignidad, ¡bien!, y decide hacer las últimas maniobras necesarias por si mismo. No se si aun así, asirle de los brazos, no se me vaya a caer al agujero y tengamos otra fiesta. Pero finalmente decido esperar a un metro de distancia, y, una vez cumplida la misión, acompañarle de vuelta a su cama, donde me agradece de buena gana la ayuda. La mayoría de estos enfermos no son conscientes de nada, pero da igual, son personas, podría ser yo mismo dentro de unos anos, o como las hermanas viven, son para ellas un espejo del Señor, aunque a veces un poco rebelde y haya que reducirlo....

Ultimo reparto de "pani", silencio, solo roto por algún aullido de estos pobres hombres. Tranquilidad.

Los días que vuelvo ya les reconozco a todos, y voy conociendo sus reacciones, sus problemas. Los que me reconocen me saludan con alegría, otros muchos no son conscientes. Hoy cuando volvía de Kalighat, sentía que les iba a echar de menos, y me sorprendía por ello. Me preocupaba pensar que hay muy pocos voluntarios y que cuando me vaya tal vez queden algo desatendidos, pero no, eso no va a pasar. Como dicen las hermanas "Dios proveerá", y siempre hasta ahora lo ha hecho, nunca les ha fallado y las hermanas de su mano, dan siempre mas de lo imaginable. Que sitio tan sobrecogedor y al mismo tiempo tan impresionante.

Nos vamos, se acaba la jornada. Recibimos como en Pren Dam por la mañana una sonrisa sincera de las hermanas, y de los enfermos que mejor o peor, nos reconocen ya en su día a día. No hace falta más, te dan lo mejor y te llena. No hay mejor moneda de cambio.

Vuelves con una extraña sensación de paz, de tranquilidad, y das gracias a Dios por toda esta experiencia, por todo este regalo...

miércoles, marzo 21, 2012

Una sonrisa como moneda de cambio - Pren Dam (II)

Contaba en mi naterior entrada,que la mañana en Pren Dam había llegado al descanso del te, y es hora de volver a nuestros quehaceres... 

Vista del patio
Me dirijo de vuelta al patio, donde suelen repartir las medicinas a esa hora, a lo que me apunto, pues a muchos enfermos ya los conozco. Tras ello, tambien en el patio, vuelvo a dedicarme de lleno con alguno de mis “patients”, normalmente con Kalipodi, al que obligo a andar otros 5 minutos, después de haberle masajeado su atrofiado lado izquierdo. Este al menos le pone ganas, por que muchos otros son absolutamente incapaces.

Charlo con él, como con el resto de pacientes con los que me siento. No me entienden ni pío, ellos hablas bengalí y no tienen ni pajolera idea de inglés, así que yo decido hablarles en español, por que supongo que seré así más expresivo y al menos algo de lo que trato de contarles les llegará.

Hablo con ellos de todo, de la India, de España que no conocen, de futbol, del Madrid, de mujeres, de cualquier cosa. Ellos me atienden, muy interesados parece, por que varios alrededor se callan cuando estoy contando algo... en español!. Me río solo, se rien ellos, les paso la mano por el hombro, les golpeo en confianza en nuestra charla, les froto la cabeza, silbo, se sonríen; trato al fin y al cabo de darles un poco de compañía de humanidad, con naturalidad, de romper esa distancia medico-paciente, voluntario-enfermo, que me vean más como un amigo, como un hermano… es curioso como un dialogo de sordos como es este, entretiene y reconforta, a ellos creo y a mi, seguro.

Muchos voluntaros utilizan guantes y mascarillas, pero no es menos cierto que otros no. Sigo el ejemplo de estos último y les doy a las hermanas la caja con guantes y mascarillas que me traje de Madrid. Algo me hace sentir que si me las pongo voy a romper precisamente esa cercanía que quiero tener que quiero que sientan mis “patients”. Y como Antonio me decía, “no te preocupes que la Madre Teresa te protege, no te vas a contagiar”, y en esa esperanza descanso.

Al cabo de un rato me levanto y me voy, para dedicarme a otros. Tratan de retenerme, “luego vuelvo, prometido, que tengo que hacer…” y me voy. Otro patient me llama “Brother, brother!!” y me señala a un enfermo que se ha caído al suelo. Me acerco y lo apoyamos contra el murete, por que no puede sostenerse. Muchos me piden masajes, ¡¡como les gusta!!, pero me dosifico y me dedico a los que veo más “cuarteados”. Muchos simplemente están tumbados, o sentados, con la vista perdida, viendo pasar el tiempo.

Porche del dormitorio del 2º piso
Como a largo del día hago en varias ocasiones, me dirijo al interior de la gran habitación. Primero me doy una breve vuelta para ver si alguno de los que quedan tumbados necesitan algo. Me piden pani (agua), o una botellita para desaguar, que tras su correcta aplicación, devuelvo y vacío al baño. Hay uno que me gesticula y no entiendo que quiere, me insiste en bengalí, pero no tengo a nadie a mano para que me traduzca. Parece que se desespera; miro alrededor a ver si otro patient me da alguna pista, y uno me señala la cortinilla del baño, así que allá voy. Tras cruzarla, miro que puede ser lo que quiere, y tras ver en una esquina una pila de jofainas para aguas mayores, intuyo que eso deber ser, como así compruebo cuando se la entrego. En este caso, prefiero dejarle hacer a su ritmo y yo seguir con mi ronda.

Entro entonces en la “habitación de los perdidos”, donde unas veces me encuentro con Helmut, otras con el canadiense o el inglés. Me centro sobre todo en un pobre hombre, tumbado boca abajo, con la espalda quemada, y con unas heridas de varios centímetros de profundidad, donde llego a ver hasta el hueso. La debilidad es enorme, apenas abre los ojos. Parece que lleva varias semanas, le aplican curas, pero no se por que no mejora. Tiene una infección que va creciendo.

El primer día cuando llegó la hora de la comida un Worker me pasó un plato y me pidió que lo alimentara, así que desde entonces me ocupo de él. Le damos entre dos o tres con cuidado la vuelta. Grita fuerte de dolor, y su cara refleja un profundo lamento. Todo en él es desgana en esta situación, rechaza lo que le ofreces, pero me digo a mi mismo “este come hoy”, así que insisto y trato de obligarle a comer algo. Se resiste, me grita, escupe a su vez… con tiempo, acabo entendiendo que es lo que come y lo que no; le gusta el arroz, el pescado. Consigo apenas que se tome unas pocas cucharadas, ya es algo, me hace un gesto y abandona. Algún día a estado especialmente duro conmigo, y a un pelo estuve de mandarlo a la m… pero en esos momentos pensaba en las hermanas y su paciencia y cariño infinito, yo al fin y al cabo, apenas pasaré unos días por aquí, así que me muerdo la lengua, paciencia… No es menos cierto que también le he conseguido arrancar un “gracias” a su manera, como el otro día tras limpiarle el pescado de espinas, donde me regaló un gruñido de aprobación. No me extrañaría que en sus circunstancias fuese yo peor enfermo que él. Al fin y al cabo, como me cuentan, entre las heridas, la infección que va creciendo y la mayor debilidad, cada día está peor, y acabará dejándonos…

Un segundo enfermo del que me ocupo en la “habitación de los perdidos” es un pobre abuelito. No se que edad tendrá, pudieran ser 80 o 90, pero igual son menos y la vida le ha perjudicado en exceso. Este pobre, apenas puede respirar; parece tener su capacidad pulmonar reducida a un 5%, por lo que da muy pequeñas bocanadas de aire a un alto ritmo para poder llevar algo de oxigeno a sus pulmones. Está boca arriba, literalmente boqueando, desesperadamente. Delgado hasta un extremo increíble, pienso cuanto pesará, por que casi podría recorrer todo su brazo con el espacio que dejo entre el dedo gordo y el corazón… ¿30 kilos? ¿40 a lo sumo?. Se le marcas todas las costillas al respirar. Le cojo la mano, trato de calmarlo por que es angustioso verle. Con los enfermos de esta habitación no hacemos bromas, ni risas, sería demasiado macabro, simplemente estamos, acompañamos, tratamos de hacer más llevadera su angustia.

En un momento dado, siento que el abuelo se me va, deja de respirar, pero gesticula tratando de alcanzar algo, de agarrar el aire, los ojos como fuera de las órbitas, me giro y le pregunto a Helmut que que hago. Me dice que es muy tarde, que no hay nada que hacer con él, solo acompañarle. ¡¡No puede ser, algo se podrá hacer, algo se le podrá dar!!. Salgo escopetado a buscar una hermana para que le de algo, pero tras hablar con ellas, leo en su mirada que todo está hecho ya. Vuelvo sobre mis pasos a la habitación, con un sentimiento de derrota, de impotencia. Helmut me da un "bálsamos de tigre" para que le aplique en el pecho… no se si reírme o llorar, ¡Vips Vaporub!. El abuelo sorprendentemente aguanta. Paso varias veces al día a verle. Me siento a un lado de su cama y le cojo la mano, le acaricio la cabeza, y rezo para que Dios se lo lleve ya al cielo de este infierno que le ha tocado vivir.

Helmut en el lavamanos
Alguna de las voluntarias me decían en el desayuno que por que no hay más médicos, que por que no se monta un hospital. Les tengo que explicar que la Madre Teresa no fundaba hospitales, que fundaba casas de acogida donde ayudaban a los más débiles entre los débiles, donde tratan de acompañar muchas veces en sus últimos momentos a esta pobre gente, a darles el cariño, el calor, la dignidad que muchos no han tenido en la vida, en sus últimos pasos por la tierra, por que son hijos de Dios y por ello tan dignos como el que más, y en todos ellos ven las hermanas reflejado al Señor.

Como decía un enfermo “he vivido toda mi vida como un perro, y muero como un angel”, y pienso entonces en todos los que he visto durmiendo en la calle, como perros, comiendo entre las basuras, junto a los perros, agonizando en una esquina… que cierto, y que grande labor la de estas hermanas.

Todo sigue, nada se para, y al rato llega la hora de comer. Hay que organizar a todos los que están en el patio para que formen dos filas en el suelo y se sienten, unos frente a otros. Algunos son capaces de llegar por su propio pie, a otros hay que ayudarles por que apenas andan. Los que quedan en el interior están en peor estado.

Llegan los grandes peroles, siempre arroz con distinta guarnición; un día pescado, otro carne, otro verduras… y una fruta que suele ser plátano. Repartimos los platos bien cargados y la gran mayoría come con ganas. Yo suelo dedicarme a los enfermos del interior, a los que llevamos también su plato. Los más consiguen comer solos, a algunos hay que ayudarles. Llega para repetir todos cuanto quieren.

Después de la comida, toca fregado general. Ayudo a ir recogiendo platos, vasos y demás, y los llevo a la zona de lavado donde un grupo de voluntarios ya está dedicado a ello.

Tras la comida toca siesta, así que mientras comienzan a lavar platos, ayudo a algunos enfermos a llegar a sus camas, algunos rechazan las camas y se acuestan directamente sobre el suelo de cemento. Supongo que ese ha sido su lecho a lo largo de su vida, pero sorprende verlos tirados al pie de su cama vacía. Acompaño a alguno al baño, doy un último vistazo a la “habitación de los perdidos”, y la tranquilidad va poco a poco invadiendo el patio, las habitaciones y todo Pren Dam.

Cruzo la gran habitación de vuelta al patio, y muchos enfermos estiran su brazo para tocarme, juntan sus manos para agradecerte, te sonrien, te regalan lo mejor que tienen, todo lo que tienen…

Voluntarios lavando platos tras la comida
Solo nos queda terminar el fregado y la limpieza de los suelos, así que me uno a mis compañeros para darle un estirón y podernos ir ya a descansar. Se supone que terminamos a las 12, pero siempre nos suele dar las 12:20 o 12:30, momento en el cual, aun si no hemos terminado, los workers con una sonrisa nos invitan a irnos “finish finish”.

Vuelvo al cuarto de voluntarios, donde me doy cuenta casi de un trago de la botella de agua, ya caliente, que llevo en la mochila. Creo que debo beber 5 o 6 litros al día, y sin embargo, apenas voy al baño.

Salimos de Pren Dam, cansados pero contentos; es ésta una medicina que alimenta el alma. 

Y así, vamos en fila, sin grandes charlas, cada uno en lo suyo, camino del cruce del 4th Bridge, donde tomaremos un autorickshaw para dirigirnos a Sudder St., esperando llegar sobre las 13h. Dependiendo del día, subo a mi hotel y me doy una buena ducha, pero a veces, volver lleva más tiempo del esperado y no hay margen más que para comer algo en el Spanish, desconectar un rato, antes de la vuelta a las 14:30 para Kalighat.

Esta noche despues de Kalighat y una buena ducha, si no estoy muy matado, me tomaré una buena Kingfisher (cerveza local), en el patio-jardín del hotel Farlow, con Luis, Cristina y Teresa, como otros días hacemos. 

¡Kingfisher please!
Este hotel que se menciona en el libro de "La Ciudad de la Alegría", es un edificio clásico, de primeros del XIX creo, pintado de verde pera, con un patio de columnas y un pequeño jardín, todo ello tras un muro, oasis en la calle Sudder St. Hablamos de todo, pero le gusta a Luis contarnos cientos de anécdotas de sus viajes por la India; es un hombre con una visión muy particular e interesante de la vida.

Ya me estoy saliendo de la historia. Volvía a Sudder St desde Pren Dam, con el escaso tiempo que me queda para ir después a Kalighat, pero esta es ya otra historia que irá en la siguiente entrada…



martes, marzo 20, 2012

Una sonrisa como moneda de cambio - Pren Dam (I)

Este post va a ser largo... por que los días que en ellos estuve fueron intensos y si escribo este blog, es también para recordarlo yo mas adelante, así que lo voy a dividir en 3 entradas. Dos de ellas, siendo esta la primera, harán referencia a Pren Dam, donde voy por las mañanas, y una tercera que referirá a Kalighat mi destino por las tardes; dos pedazo de experiencias. Como en el resto de este Blog, refiero no únicamente la experiencia de un día concreto, si no que en aquellos sitios a los que he vuelto con regularidad, trato de reflejar en el mismo “post” o entrada, anécdotas o situaciones que a lo largo de los restantes días me pueden haber ocurrido, y que pueden llevar a su vez a entender mejor como es esto.


Así pues, son las 6:40, vamos camino de Pren Dam ("regalo de amor" en bengalí, algo cursi, si), centro en el que se encuentran mas de 400 hombres y mujeres, adultos, con serios problemas físicos, y gran parte de ellos con problemas mentales. Para llegar desde Casa Madre recorremos callejuelas inmundas, con el tráfico creciente, ya frenético en las avenidas que también cruzamos, el ruido penetrante e incómodo, el inconfundible olor de las mañanas, a goma quemada, a comida, a orines y basura, la suciedad que parece tomar cada esquina, niños y niñas con sus uniformes, camino del colegio, gente de cualquier edad que toman su primer baño del día, mujeres volcadas en la colada mañanera, en la misma acera, comercios preparando febrilmente todo lo necesario para conseguir la atención de los compradores, vitalidad, colores, la sorprendente cotidianeidad de la vida.

Entramos en Park Circus y su inmundo Slum (barrio de chabolas), que no te deja indiferente. Aquí la pobreza es enorme. Me siento violento fotografiando a esta gente en sus circunstancias, y me sobrecoge la realidad que descubres cuando te fijas en el interior de las chabolas. Decido apenas hacer un par de fotos más generales, no puedo pararme, me parece que es como regodearme en su pobreza. Si estuviese en otro país, y pienso en México o Brasil, nunca se me hubiese ocurrido pasar por un sitio como este, pero la India en general es segura, y más si eres hombre; a pesar de ello, extremo mi cuidado.

Ya llegando, cruzamos la vía del tren de la estación de Park Circus, donde en la misma montan un mercado de frutas y verduras, que retiran rápidamente cuando se acerca el tren, para montarlo a renglón seguido; hay tanta gente que no ves siquiera la vía. Hoy me contaban de un accidente de un voluntario cruzando la vía a pie, entre la literal marabunta de locales, tras el cual las hermanas han recomendado tomar un paso elevado cercano.
Park Circus train station

Llegamos a Pren Dam sobre las 8, donde nos franquean la puerta pidiéndonos la acreditación que en su día nos dieron en el registro, medida de seguridad. Como en todos los centros de las Hermanas de la Caridad, no se permite hacer  fotografías; el último día, pidiendo un permiso especial, me permitieron hacer algunas, de las que cuelgo solo un par donde apenas se ve a los enfermos.

Una vez en el interior, las mujeres se dirigen al edificio de mujeres, y los hombres hacemos lo propio. Ya no nos veremos hasta las 10:30 donde disfrutaremos de media hora juntos para tomar un te con galletas, y comentar la mañana.

No veo apenas mujeres, como por otro lado es normal en Calcuta, sobre todo en barrios musulmanes. En la calle, el 80% de la gente son hombres. Las mujeres deben permanecer en su "casa", y lo pongo entre comillas, por que seria bueno definir el concepto "casa"... Pues igual parece que es en Pren Dam, ya que los hombres gozan de un gran patio para su disfrute, pero las mujeres están todas bajo techo, y apenas las distingo entre las ventanas con rejas.

Atravieso en
patio, y miro de refilón al largo numero de pacientes (como les llaman), que se sientan de forma desordenada a lo largo de los muretes que rodean el patio, aun no quiero interactuar con ellos, antes necesito enterarme de que va esto. El sol va apretando y cada día lo llevo peor; las noticias dicen que la temperatura sube a un ritmo de entre 1 y 2 grados al día... Algunos descansan bajo la sombra de alguno de los pocos árboles que hay; los mas, aceptan sin problemas el sol abrasador.  

Mi primer día, soy un novato, nadie te explica nada, ninguna hermana te recibe de forma distinta al resto y te prepara para lo que debes hacer. Así que decido seguir cuan autómata al resto de voluntarios que supongo ya conocen la agenda.

Escurriendo y colgando la colada
En una habitación que nos habilitan dejamos nuestras cosas y siguiendo los pasos del resto, nos dirigimos en primer lugar a la azotea, donde no hace más que llegar grandes cubos con la colada, para escurrir y colgar. Abajo otro grupo de voluntarios ayuda a terminar el lavado de la misma. Ahí pasamos cerca de 45 minutos, escurriendo, retorciendo, colgando la ropa, mantas, sábanas, saris, trapos, todo lo que visten y utilizan los más de 200 enfermos. Entre el sol, que va subiendo desde hace ya rato, que poco a poco te va golpeando, y el ejercicio continuo de escurrir, acabas sudando un rato largo. En mi primer día acabo calado casi hasta la cintura, zapatos, calcetines… por lo que a partir del día siguiente planifico mi vestimenta al efecto. 
Según bajamos de la azotea, toca limpiar la zona de lavado, los suelos, los bargueños donde han lavado la ropa otros voluntarios. No hay lavadoras, no hay máquinas en este mundo de las hermanas, más allá de los ventiladores de techo. Tú eliges en cada momento que haces. Si quieres te involucras más o si quieres te puedes literalmente escaquear de todo, nadie te va a decir nada. Pero la verdad, venir aquí para escabullirse es un sinsentido, aunque alguno hay...


Dormitorio planta alta
Llega el desayuno; los pacientes se van acercando lentamente y forman filas, sentados en el suelo, al aire libre la mayoría, otros pocos se han quedado en el murete. El interior se divide en 2 pisos, cada uno con una gran habitación, donde duermen cerca de 80 pacientes en la planta baja y en la superior debe haber como 120 camastros, todo limpio, sencillo, apenas unos ventiladores en el techo para aguantar el enorme calor y humedad que llega a hacer aquí.

Luis es un voluntario de Sevilla que viene todos los años 3 meses. En su día, hacía las mismas labores de todos, pero un buen día se preguntó por que varios ventiladores de techo no funcionaban, y se ofreció a repararlos, es un manitas en todo lo eléctrico. Así que las hermanas encantadas de su buen hacer, le han dado un espacio-taller para él, con su armario y demás, que le espera año tras año. Hace una gran labor, por que sin los ventiladores, sin duda muchos enfermos morirían, y no es exageración. En su momento, el ayuntamiento tratando de forzar a las hermanas a que entraran por el aro, en cosas en absoluto admisibles que no voy a comentar aquí, ante la negativa de éstas a bailarle el agua, el ayuntamiento les cortaba la luz de forma intermitente y sin previo aviso. En la época de grandes calores (47 grados y 95% humedad), sin energía para los ventiladores, me comentaron que los enfermos caían como chinches... poco le importaba al ayuntamiento, tremenda crueldad.
La planta alta, venía contando, queda vacía durante el día. Los enfermos que no tienen fuerza o están muy perjudicados, de tal manera que no pueden siquiera salir al patio, quedan ubicados en la planta baja. Son apenas 7 u 8 enfermos, pero en esta planta, más al fondo, hay una pequeña habitación con 6 camas, donde se encuentran los que están ya muy muy perjudicados. A esta habitación la llamaba la “habitación de los perdidos”, por que la realidad que en ella habitaba es mucho más fuerte que la del común de los enfermos.

Pero estábamos en el desayuno… como siempre, llegan los "workers" con 2 grandes peroles, se sirve el desayuno junto con un vaso de "pani" (agua), y lo repartimos entre todos. Comen con las manos, como se come en gran parte de Asia. Algunos se lo tiran todo encima, otros son capaces de acabar, y a otros a su vez hay que dárselo por que son totalmente incapaces.

A medida que pasas por todos ellos, vas percatándote del estado de situación. La miseria física es la norma general, si bien por la tarde la vería aun mas aguda. La variedad es enorme. Hay mutilados, deformes (los pies, las piernas, las manos, la cabeza), dañados de todo tipo y en cualquier parte del cuerpo, la mayoría con serios danos cerebrales, causados por enfermedades, accidentes, maltratos, sus miradas perdidas, tics y temblores de todo tipo. Muchos apenas andan, y tienes que llevarles del brazo para alcanzar la zona de desayuno, o su cama, o el baño. Los hay que aguantan la postura y permanecen sentados, muchos no pueden hacerlo y están tirados, en el suelo, o doblados sobre si mismos en posturas complicadas. Algunos con infecciones, que les llega a cubrir en algún caso todo el cuerpo; desdentados, quemados... En fin, la lista es interminable, supongo que lo esperable. 


Reflejan una gran soledad, un enorme abandono, solo mitigado por el cuidado y cariño de las hermanas, en este mundo que han construido para ellos, y que es un pequeño oasis en su desesperación. Pensando en tantos como ellos que están fuera de estas paredes, en la dura realidad de esta ciudad, de la India, mas allá de las estadísticas que todo lo tapan, los de aquí dentro, por duro que parezca son unos privilegiados frente a los primeros, que son legión. ¿Y yo? sobran las palabras.

Después del desayuno, vuelven a su lugar, donde pasan el tiempo sentados, sin grandes conversaciones por que muchos ni pueden hablar o solo emiten ruidos. Toca ahora limpiar y lavar el desayuno, platos, vasos, y todo lo que queda por el suelo. Los japos son muy válidos para este trabajo.

Tenia cierto temor a que lo que me encontrara me fuera a causar un shock, pero me siento muy tranquilo. Los "petients" te saludan respetuosamente, o como ya había visto antes, te besan las manos, o se llevan tu mano a su frente en señal de agradecimiento. Hablo con Javi, un camarero del campo de golf de la Federación en Madrid, que viene 3 meses todos los anos, muy buena gente, y me da unas primeras pistas. Charlo después con Helmut, un alemán de 75 años que yo creía médico por sus consejos, pero que todo es voluntad y sentido común, es el perro viejo del lugar.

Entre ambos me orientan y ya en este primer día decido como actuar. Así que me voy a dedicar más a la relación y cuidado de los enfermos que a la intendencia. En lugar de lavar suelos, hacer colada y lavar los platos, que también si me sobra el tiempo, me voy a dedicar a estar con los enfermos. No es escaqueo, es que los japos precisamente patinan en la relación emocional, y una vez terminan la limpieza, les ves por lo general algo perdidos, sin saber que hacer, sentados en la escalera, o junto a algún enfermo como otro más, deambulando sin decidirse, y sin embargo se organizan muy bien para limpiezas y otras similares. Así que zapatero a tus zapatos.

Le pido a Helmut que lleva varios meses, que me recomiende de quien ocuparme, quien necesita de nosotros, y que necesita cada uno, y es que esta lleno de ellos, no llegamos. Me centro principalmente en 4 o 5 pacientes, sobre los que Helmut me dice que hacer, y a los que voy a seguir todos los días. Unos para obligarles a pasear, que lo necesitan para su recuperación y si no lo hacen se van apagando en lugar de mejorar. A otros les pongo aceite (de oliva cuando se acaba el medicinal!) que me pasa Helmut sobre una piel absolutamente cuarteada; el estado de los pies suele ser indescriptible. Masajes en ciertas articulaciones u obligarle a hacer ejercicios con un brazo o mano atrofiados.

Un tercero al que simplemente acompaño a su cama tras el desayuno, y que a 200 metros por hora de velocidad media, me lleva un buen rato acostar; el hombre no habla, lleva la sonda de sus cosas en su mano, y rompe a llorar cada 2 minutos; tengo la sensación de que se siente impotente, acabado por su estado, por que apenas debe ser hoy una caricatura de lo que parece fue en su día. Nada especialmente complicado. Estar ahí, hacerles compañía, que no se sientan solos, ayudarles en lo que podamos.  

Una de las cosas que les gusta es que les afeiten, y un buen número forma una cola todos los días. Siempre hay uno o dos voluntarios afeitándoles, como Bruno, un simpático italiano de Udine y otro español del que no recuerdo el nombre, que suele ayudar como monaguillo en las misas de la mañana; sin serlo parece un barbero profesional. Me había traído de España espuma y una buena cantidad de cuchillas de afeitar, esperando dedicarme al arte de Fígaro, pero he decidido dárselas a las hermanas y que otros como Bruno afeiten; me quitaría demasiado tiempo...

A las 10:30 llega nuestro primer respiro, la hora del te. Más de un día estoy mirando el reloj por que a las 10 me encuentro ya necesitado de un tentempié, que llevo danzando desde las 5. Tanto los hombres como las mujeres salimos de nuestras respectivas zonas y nos encontramos bajo una palapa en zona neutral, con unos bancos corridos a los lados y una mesa en medio donde las hermanas nos han dejado 2 enormes teteras, vasos y una gran caja de galletas. Hay días que me llego a beber hasta 5 tazas de te. Ahora entiendo a los beduinos del desierto, todo es sudor tras tomártelas, pero al subirte la temperatura corporal, la diferencia térmica con el calor exterior te hace sentir frescor. No se de que están hechas las galletas por que, por más que las mojo, no consigo que se reblandezcan, deben ser de ladrillo multivitamínico; aun así, ataco unas cuantas para ganar fuerzas.

La media hora que dura nuestro “break” nos sirve para reponernos, para charlas y preguntarnos ¿Como ha ido el día?, ¿Donde comes hoy?, ¿Cómo vuelves a Sudder?. Es como una gran familia, de gente de todos lados y lenguas. Pero no es menos cierto que a medida que pasan los días, vas teniendo más afinidad con unos frente a otros. Así, solemos montar una pequeña tertulia con Helmut, el decano alemán, Bernardo, un curioso francés lleva 15 años escribiendo un libro de más de 4.000 páginas, que contiene poesía, novela, monólogos… en fin, que como él me dice, no acaba de encontrar editor después de tanto esfuerzo, un canadiense y un inglés... Los cuatro solemos frecuentar la “habitación de los perdidos” en distintos momentos del día, y cada uno con su enfermo, nos ayudamos también como podemos. Tal vez eso nos haya generado esa mayor afinidad. Helmut acaba desbarrando habitualmente sobre el mundo y como arreglarlo, así que más de una vez, cruzándonos un guiño, le tenemos que callar sin que se de cuenta.

Charlo en nuestro te-time con dos españolas que son ATS de urgencias de Madrid y que tras una conversación en el Spanish bar convencí para que se apuntasen al dispensario de Pren Dam, cuando su idea original era irse con los niños. Ellas, por su profesión, si que van a poder aportar mucho más valor que gente como yo. Me cuentan algo escandalizadas su primer día. Ninguna de las dos, con toda su experiencia detrás, habiendo visto de todo en Urgencias en España, podían haberse imaginado que encontrarían lo que aquí han visto. Y es que les llega gente en situaciones dantescas, que en Europa nunca se darían. Así, me cuentan de una abuela, con una herida profunda en la cabeza, que debe haberse hecho hace ya muchos, demasiados meses. El caso es que sin cura alguna en todo este tiempo, la abuela debió rascarse en su momento y llevarse todo tipo de bacterias a la herida, las cuales le han producido una infección de caballo, que le baja hasta el cuello, con abscesos en varios puntos. Lo que más les ha sorprendido ha sido encontrarse toda la herida aun abierta y supurando, ¡¡¡atestada de gusanos!!!.

Nosotros no vemos ni el dispensario, ni los enfermos que entran en él. Me cuentan las ATS que han atendido a leprosos (¿pero no era que no existían?), hepatíticos perdidos, quemados, todo tipo de enfermos. A los dos días, pasado el shock, las veo encantadas ya de la enorme labor que están haciendo, no solo con los pacientes que entran, si no con las hermanas, enseñándolas en las curas y demás. Me comentan que tienen muchísimas medicinas, pero que las hermanas en general no saben aprovecharlas. Al fin y al cabo, estas últimas no son ATS, son monjas que se desviven y aprenden lo que pueden cuando alguien les enseña.

La media hora de respiro pasa volando, y la segunda parte de una mañana en Pren Dam, la cuento en la siguiente entrada.

domingo, marzo 18, 2012

Casa Madre

Hoy madrugo un poco más, apenas una hora. Las 5:15, tiempo suficiente para una ducha, ordenar los aperos, mochila al hombro y 20 minutos de paseo hacia Casa Madre. 

La misa empieza a las 6, y cierran las puertas puntuales para que todas las hermanas puedan asistir, así que no nos podemos retrasar o nos quedaremos fuera hasta las 7 que vuelven a abrir ya para el desayuno.

Salgo de mi Guest House, nadie aun en la calle; camino con cuidado de no pisar a mas de uno de los tantos que simplemente duermen en el suelo; familias enteras que duermen tirados, y viven tirados en esa esquina, o en tal o cual acera, sin nada que les guarezca de la lluvia o les de una mínima intimidad. Me cruzo con otro, tumbado debajo de su rickshaw, con apenas unas hojas de periódico a modo de colchón / aislante. La ciudad aun bastante dormida, va amaneciendo con la luz del día.

 
Entro en Casa Madre, un edificio blanco, sencillo, de unas 4 plantas con un patio interior, sede central de la orden, donde vivía la madre Teresa. Un pequeño letrero en el zaguán indica "Mother Teresa in/out", que servia para indicar si estaba la madre en casa o no. El cartel sigue ahí, como recuerdo, marcando el "IN", ya que la madre descansa en la misma.

Saludo a la hermana que cuida la puerta, paso junto a la sala donde esta la tumba de la Madre Teresa, en la planta baja, a la que no se puede acceder hasta después de la misa. Subo raudo las escaleras, y ya en el primer piso, me descalzo para entrar en la capilla, una gran sala rectangular de unos 30x12m, con 7 ventanas a la calle, y apenas una sencilla talla de un Cristo en un hueco entre las ventanas junto a una imagen de la virgen. Hay una figura a tamaño natural de la madre Teresa, sentada, rezando en la postura habitual de las hermanas, que han colocado donde se ponen las hermanas, y éstas al rezar en la misma postura hacen que la misma estatua se confunda con ellas; es curioso, es como tener a la Madre Teresa presente en la misa, ahí la ves




Todas las hermanas están presentes, de pie, o sentadas sobre si mismas, esperando que comience la misa. Hay 5 o 6 bancos en un extremo para los voluntarios con un ventilador para aplacar nuestro calor, cada día mayor. Otro ventilador para el sacerdote que celebra la misa, y nada más.

Debemos ser unos 30 voluntarios, de todas las nacionalidades, aunque en esta época parecen destacar los japoneses, simplemente por que se distinguen físicamente del resto. Es curioso, como vienen estos últimos a misa, cuando no son católicos. Atienden con respeto, siguen a las hermanas según se sientan o levantan, eso sí, no se arrodillan. Cualquiera es bienvenido en Casa Madre, sea de la religión que sea, pero las hermanas han tenido que colgar un cartel "comunión solo para los católicos", pues parece que mas de uno se ha aventurado mas allá de lo debido...

Da comienzo la misa a las 6 en punto, y el exterior aun esta tranquilo, pero a medida que corre  el tiempo, el ruido del trafico exterior, que se cuela por las ventanas, se va transformando en un sonido cada vez mas atronador, que lleva al sacerdote a detener su voz cuando algún camión o autobús ruge demasiado, para continuar una vez este parece que se ha alejado.

La misa dura una hora, y es un gusto compartirla con la sencillez y recogimiento de las hermanas. Es una gran forma de comenzar el día. Suele variar con frecuencia el sacerdote oficiante, ya que tienen visita de padres de todas las órdenes...

El primer día de mi llegada, en el que tras mi registro como voluntario me acerque a conocer la Casa Madre, pude rezar por primera vez delante de la tumba de la madre Teresa. Está en una sala en la planta baja, sin nada más que la tumba en medio, decorada con flores que cambian todos los días, y con las que escriben oraciones. Es sencilla, como todo lo es en las Hermanas de la Caridad. A pesar del ruido ensordecedor que se cuela por las ventanas, hay una sensación de enorme tranquilidad y paz que invita al recogimiento. 




Y ahí, me encuentro con un sacerdote español oficiando misa un lado de la sala, sin más compañía que una sola hermana, que estaba precisamente para eso, para que la misa fuese acompañada al menos por una persona, así que me uno a ellos y aprovecho para cumplir con mi promesa con un buen amigo, así como pedir por tantos y tantas cosas que llevo en "mi lista", que si algo, no es corta... Y es que todos los sacerdotes que vienen quieren oficiar una misa, delante si es posible de la madre Teresa...

Al terminar la misa, las hermanas aun se quedan un rato cantando, y ya sobre las 7 nos dirigimos los voluntarios al piso bajo, donde las hermanas nos preparan un sencillo desayuno. De camino te encuentras con distintos mensajes, en una pizarra, o en un papel sobre la pared, que recogen frases de la Madre Teresa, y que cambian según el día.


Ya en el desayuno, nos ofrecen un te con leche, dulce, pan de molde y un plátano; puedes repetir tanto como quieras... y quede. Yo me tomo siempre varias tazas. Corren en la sala de los voluntarios idiomas de todo el mundo, español (mayoritario), francés, inglés, japonés, coreano, italiano, reflejo de un mismo sentir entre todos los presentes.

A medida que pasan los días, vas reconociendo todas las caras. Hay oportunidad para saludar a todo el mundo en la media hora de desayuno, de charlar, de cambiar impresiones. ¿Cuando llegaste? ¿Cuanto tiempo estás? ¿Por que viniste? ¿A que centro vas como voluntario? ¿Donde te hospedas?...  te das cuenta que las razones e inquietudes son muy similares. Todos buscan algo, nuevas experiencias, encontrarse a uno mismo, un sentido a su vida, una razón para creer, felicidad para vivir...

Todos los días se van voluntarios, al igual que otros llegan, es una rueda imparable, y a todos se les despide cantando, todos los voluntarios juntos, como una familia "we miss you miss you miss you...". Ayer se emocionaba una japonesa a la que yo había bautizado como Picachu y ella a mi como Picasso; no paraba de llorar, extraño entre japos esa emotividad.

Al terminar el desayuno, una d las hermanas da los avisos en ingles y en español. Es sorprendente el peso que tienen los españoles como voluntarios, el resto de extranjeros se sorprende a su vez, pero es que somos legión y especialmente valorados por las "sisters", algo bueno debemos tener. Se forman grupos en función del destino elegido por cada uno. Yo voy por las mañanas a Pren Dam, un centro de adultos enfermos. Antes de salir, entro en la tumba de la Madre Teresa y en un vuelo, me acuerdo de todos los míos, y así le pido a la madre, además de que me de fortaleza en mi primer día, no se a que me voy a enfrentar, y si es algo fuerte, que lo afronte con entereza.




Salida de Casa Madre
Sobre las 7:30 se abre la puerta-persiana que da a la calle, y vamos saliendo los voluntarios. Nos agrupamos dependiendo de nuestro destino elegido. Alguien eleva un cartón con el nombre del centro, Shishu Bayan, Prendam, Nabo Jibon… Y ya con mis compañeros, que como yo han elegido Pren Dam, nos encaminamos a pie en amena charla; son 20 minutos desde Casa Madre, que de nuevo pasan volando, fijándonos en todo el despertar ya evidente de la ciudad.